La mochila Wayúu: el accesorio que alguna vez fue indispensable y hoy es casi un trofeo
La mochila que usé por años… y que ahora solo saco a pasear en climas calientes
No recuerdo exactamente cuándo dejé de usar mochila todos los días. Solo sé que un día amanecí adulto, con agenda en el celular, un termo de té verde en la mano y un bolso estructurado donde cada cosa tiene su lugar. Ya no cargo monedas sueltas, galletas pulverizadas ni un escapulario por si el ladrón tiene miedo de Dios.
Pero hubo un tiempo —universidad, veinteañerismo puro— en que la mochila era mi universo portátil: una especie de agujero negro en el que convivían llaves, facturas vencidas, audífonos oxidados, un chapstick de batalla, y un par de condones viejos que llevaban tanto tiempo ahí que ya eran residentes permanentes.
La mía era una Wayúu, gris, tejida a mano. Hermosa. Aguantadora. Caótica. Una pieza que hablaba de raíces, de rebeldía y de un tipo de libertad despreocupada que solo se puede tener cuando uno no sabe muy bien a dónde va, pero va.
¿Por qué nos encantan las mochilas Wayúu (aunque ya no las usemos a diario)?
Porque son una mezcla perfecta entre identidad cultural, estética visual y resistencia. Tejidas por las mujeres del pueblo Wayúu en la Guajira, cada mochila toma hasta 20 días en elaborarse. Los colores intensos, los patrones geométricos y la energía de lo hecho a mano las convirtieron en símbolo global de la artesanía colombiana.
Pero más allá del romanticismo, hay que decirlo: son preciosas, sí. ¿Prácticas? Depende.
Una bolsa pintoresca donde todo está revuelto
Seré honesto. Una mochila —por más divina que sea— sigue siendo, en esencia, una bolsa con cordón. Cero compartimentos. Todo junto, todo mezclado. Es una belleza poco funcional. ¿Sirve para un día en la playa, una ida a Monserrate o para cargar una toalla y bloqueador? Absolutamente. ¿Sirve para la vida adulta, donde necesitas saber dónde están tus audífonos, tu cédula y tu pastilla de Loratadina? No tanto.
¿Entonces, en qué momento colgamos la mochila?
Creo que pasa cuando dejamos de improvisar y empezamos a planear. Cuando el bolso ya no representa libertad sino estructura. Cuando nos importa más la organización que la espontaneidad. Pero la mochila, al igual que ciertos jeans rotos o canciones del primer semestre, no se tira: se conserva como un trofeo. Y a veces, se vuelve a sacar a pasear.
Hoy, cada vez que me voy a tierra caliente, mi mochila Wayúu sale del clóset. Casi como un ritual. Porque aunque ya no cargo con media vida encima, sigue siendo un recordatorio de quién fui y de lo bien que me sentía siendo tan caóticamente libre.