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Confiar no significa dejar de revisar
Hay un hábito que adopté hace unos años y que, aunque parezca insignificante, me ha evitado más de un dolor de cabeza: siempre reviso el cambio. Siempre. No porque crea que todo el mundo quiera tumbarme. Tampoco porque disfrute desconfiar de la gente. Lo hago porque entendí que confiar y verificar no son enemigos. De hecho, creo que una de las grandes habilidades de la vida adulta consiste precisamente en aprender a hacer las dos cosas al mismo tiempo. Llegué a esa conclusión el día menos pensado. Iba con afán, tomé un taxi y, antes de arrancar, hice la pregunta de siempre: «¿Tiene cambio para un billete de cincuenta?». El…


