El día que conocí a mi amor platónico… y descubrí que era mejor en mi cabeza
Siempre había pensado que si algún día mi amor platónico me llamaba, el cielo se abriría, las estrellas harían fila para aplaudir, y mi vida cambiaría para siempre.
Spoiler: eso no pasó.
Pero sí me llamó. Y ahí comenzó una historia que parece escrita por un guionista con mala leche y exceso de ironía.
Era un jueves en la noche, uno de esos días que no prometen nada… hasta que lo hacen. Recibí una llamada de un número desconocido. Contesté como contesta uno cuando no espera nada y todo puede pasar: con miedo y con curiosidad.
Era esa persona. Sí, esa. Mi amor platónico de años. El crush eterno. El inalcanzable. El que uno ve y piensa: “esa persona) jamás me miraría… a menos que me caiga accidentalmente encima”.
Y bueno: cayó. Con todo y propuesta.
Bogotá, besos y decisiones estúpidas
Quedamos en vernos esa misma noche. Yo, por supuesto, me arreglé como si fuera a un casting para protagonizar Call Me by Your Name versión Chapinero. Cenamos. Risas. Miradas. Otro bar. Otro vino. Y de pronto… ese beso. Ese maldito beso que me hizo pensar que todo valía la pena.
Bogotá, que normalmente me parece un desorden de cemento, esa noche era París. Me enamoré de las luces, de los charcos, del aire sucio. Todo me parecía poético. Era la magia del momento… o tal vez del alcohol.
Terminamos en mi apartamento. Segunda cena (guiño). Desayuno. Almuerzo. Y en mi cabeza, el contrato emocional ya estaba firmado: “Esto va en serio”.
Del romance al arrendamiento
Después del almuerzo glorioso y un par de risas cómplices, me dijo:
—“Tengo unas vueltas, pero esta noche paso otra vez”.
Y sí, pasó. Pero no como la primera vez.
Entró, me saludó con un beso seco en la mejilla y dijo:
—“Quiero dormir”.
Literalmente. Dormir. Como si estuviéramos casados desde hace 27 años y él hubiera olvidado el aniversario. Nada de besos. Nada de roce. Solo cobija, silencio y ronquidos.
Yo, ahí, con cara de emoji confundido, mirando al techo como si de pronto todo fuera parte de una comedia romántica… dirigida por Tarantino.
Al día siguiente:
—“Gracias por prestarme la cama.”
Y se fue.
Sin épica. Sin drama. Sin rastro.
Yo, de amante a AirBnB no remunerado.
La verdad tarda… pero llega
Una semana después, me enteré de lo que todos los amigos ya sabían (menos yo, claramente):
Yo fui el break. La pausa. El plan B emocional mientras decidía si volvía con su ex.
Yo fui el hombro, la cama, la excusa.
Y peor aún: el polvo ni siquiera fue tan memorable. A estas alturas, solo recuerdo la playlist… y que tuve que lavar las sábanas dos veces porque olían a perfume que no era mío.
Reflexión final: la caída del ídolo
Y ahí entendí: no hay nada más doloroso (y a veces necesario) que ver cómo el pedestal se derrumba. Esa persona que adorabas en silencio, que idealizaste durante años, al final… también tiene mocos, ansiedad, inseguridad y pésima comunicación afectiva.
El amor platónico es mejor dejarlo en la vitrina de la fantasía, donde no ronca, no tiene ex, y no usa tu cama como refugio emocional sin darte las gracias.
Porque cuando bajás a ese ser mitológico del Olimpo… a veces descubres que no era un dios, sino un ser humano común, con ego frágil y poco delivery en la cama.


