No, no te lo permito, no me lo des
Una vez, en medio de una conversación cualquiera —de esas en las que la vida se pone cómoda para opinar de la tuya—, una amiga me soltó con tono maternal:
“Si me lo permites, te voy a dar un consejo”.
Y sin pensarlo dos veces, le dije:
“No. No te lo permito. No me lo des”.
Su cara fue un poema.
La mía, una escultura de paz.
No fue rabia ni arrogancia. Fue instinto de supervivencia emocional. Porque aprendí, después de muchas dosis de consejos no pedidos, que no todo el que quiere ayudarte está en condiciones de hacerlo. Y que no todo consejo viene envuelto en sabiduría: algunos vienen disfrazados de ego, de juicio, de necesidad de validarse a través de ti.
Y claro, lo entendí a los golpes, como todo lo importante.
Vivimos en la era del consejo gratuito: todos opinan, todos saben, todos tienen algo que decir sobre lo que deberías hacer con tu vida. Está el que nunca ha tenido una relación sana, dándote tips para salvar la tuya. El que lleva tres emprendimientos fallidos, diciéndote cómo volverte millonario. La que dice que aprendió a amarse, pero se odia en silencio cada mañana frente al espejo.
La coherencia ya no se exige, se disimula.
Y los consejos dejaron de ser regalos para convertirse en una especie de moneda social con la que muchos intentan pagar su inseguridad.
¿Y sabés qué es lo más loco? Que uno, por educación, por miedo a incomodar, o por simple costumbre, suele quedarse callado. Aceptar el consejo. Asentir con la cabeza. Aunque por dentro estés gritando: “¿Pero tú quién carajos eres para decirme eso?”
Y no, no lo decimos.
Pero yo ya me cansé de tragarme el “no”.
Hoy lo digo sin culpa: si tu consejo no nace de tu experiencia, si no lo viviste en carne propia, si no puedes mostrarme las cicatrices con las que lo aprendiste, no me interesa. No quiero teorías recicladas de Instagram ni frases baratas de autoayuda. Quiero verdad, aunque duela. Pero que venga de alguien que ya sangró lo que yo estoy apenas aprendiendo a rasguñar.
Porque el consejo tiene valor cuando nace del camino recorrido, no del miedo ajeno proyectado.
Y no es que me haya vuelto intolerante. Es que me cansé de permitir que voces sin contexto interfieran en decisiones que solo yo tengo que vivir.
Además, ¿en qué momento confundimos sabiduría con algoritmo?
¿Por qué creemos que alguien con 200K seguidores es automáticamente un oráculo de la vida?
La verdad es que estamos sobreestimulados de consejos y subalimentados de introspección.
Y a veces, el mejor consejo que uno puede recibir… es silencio.
Así que, la próxima vez que alguien se acerque con esa frase disfrazada de generosidad —“te voy a dar un consejo”—, te doy permiso de decirlo, con calma, con gracia, con clase:
“No, no te lo permito. No me lo des.”
Porque no todo el que habla merece ser escuchado.
Y no toda voz que opina, tiene razón.


